Autoexigencia y perfeccionismo: Por qué castigarte no funciona
Tabla de contenidos
Si hay una «queja reina» que escucho casi a diario en mi consulta de psicología, es la sensación de no ser suficiente.
Vivimos en la cultura del hacer, del producir y del mejorar. Y aunque sobre el papel suena muy bien, la realidad interna de muchas mujeres es agotadora. Es vivir con un juez interno que nunca descansa, que evalúa cada palabra que dices, cada decisión que tomas y cada error que cometes.
A menudo, llegáis a terapia pidiendo herramientas para «ser más productivas», «dejar de procrastinar» o «quitaros el miedo». Pero mi trabajo no es ayudarte a que te exijas más y mejor. Mi trabajo es ayudarte a entender por qué te tratas con esa dureza y cómo, paradójicamente, esa autoexigencia feroz es lo que te está impidiendo avanzar.
Hoy quiero hablarte de la tiranía de las etiquetas y de por qué lo que tú llamas «defecto» es, en realidad, una herida pidiendo ser vista.
La trampa del lenguaje: Lo llamas «defecto», pero es protección
El lenguaje que usamos con nosotras mismas no es inocente. Las palabras construyen realidades. Cuando te miras al espejo o repasas tu día antes de dormir, es probable que uses etiquetas rápidas para definir lo que sientes. Etiquetas que sentencian, juzgan y, a veces, castigan.
Pero, ¿y si esas etiquetas estuvieran equivocadas? ¿Y si solo estuvieras viendo la superficie del iceberg?
He preparado este desglose para que veas la diferencia entre juzgarte y comprenderte:
Lo llamas «Perfeccionismo»… pero puede ser el deseo de que todo salga bien
Nos han vendido el perfeccionismo como una virtud laboral, pero en lo personal es una jaula. Si te etiquetas como «rígida» o «maniática», te estás atacando. Sin embargo, si miras debajo, verás que la exigencia que no conoce otra forma de hacerlo mejor. Es el intento desesperado de una parte de ti por evitar el error, porque en algún momento aprendiste que el error era peligroso o implicaba rechazo. No es manía, es búsqueda de seguridad.
Lo llamas «Cobardía»… pero puede ser miedo protegiéndote del dolor
Esta es una de las etiquetas más crueles. Sentir miedo ante un cambio de trabajo, una ruptura o una decisión vital no te hace cobarde. Ese miedo es una alerta temprana. Su función biológica es asegurar tu supervivencia. Tu sistema nervioso detecta una amenaza (real o imaginaria) y te pide pausa. Castigarte por tener miedo solo aumenta la ansiedad; escuchar el miedo te permite calmarlo.
Lo llamas «Indecisión»… pero puede ser cautela
¿Te fustigas porque te cuesta elegir? Lo llamas indecisión o inseguridad, pero a menudo es la cautela que evalúa cada paso. Es la necesidad de medir las consecuencias para no sufrir. Cuando entiendes esto, dejas de presionarte para «saltar al vacío» y empiezas a construir puentes seguros para cruzar.
Lo llamas «Fracaso» o «Fallo»… puede ser una herida
Cuando algo no sale como esperabas, la etiqueta rápida es «soy un desastre», «he fallado», «hay algo mal en mí». Pero como suelo decir en sesión: ¿Y si lo que llamas ‘defecto’ es solo una herida pidiendo ser vista? Quizás esa «sensibilidad excesiva» no es debilidad, sino la capacidad de conectar profundamente con el mundo, algo que te hace única, aunque a veces duela.
Escríbeme y te ayudo
No naciste exigiéndote tanto
Nadie nace odiando sus errores. Nadie nace pensando que si no es perfecta, no merece amor. Eso se aprende.
Desde la psicología sistémica, entendemos que estos comportamientos (perfeccionismo, hiperresponsabilidad, miedo) nacieron en algún momento de tu historia familiar o vital con una misión única: protegerte.
Quizás aprendiste que siendo la «niña buena» y perfecta evitabas conflictos en casa. O que, si te mantenías callada (lo que hoy llamas introversión), pasabas desapercibida en un entorno hostil. Esas estrategias fueron inteligentes en su momento. Te salvaron. El problema es que has crecido, tu entorno ha cambiado, pero tu sistema interno sigue usando las mismas armaduras viejas que ahora te pesan y te impiden moverte con libertad.
No actúan para sabotearte; actúan para ayudarte (aunque parezca difícil de entender hoy).
Cómo bajar el volumen a la crítica interna
El objetivo de la terapia no es «eliminar» tu parte exigente ni «matar» a tu miedo. Ellas forman parte de ti. El objetivo es que dejen de llevar el volante de tu vida y pasen al asiento de atrás.
Aquí tienes 3 pasos para empezar a cambiar la relación contigo misma hoy mismo:
- Caza la etiqueta: La próxima vez que te digas «soy una vaga» o «soy una cobarde», para en seco.
- Traduce el mensaje: Pregúntate: ¿Qué está intentando decirme esta parte de mí? (Ej: Quizás mi «vagancia» es mi cuerpo gritando que necesita descanso real).
- Agradece y redirige: Esto suena raro, pero es potente. Dile a esa parte: «Gracias por intentar que todo salga perfecto para que no me critiquen. Te entiendo. Pero ahora soy una mujer adulta y puedo gestionar el error si ocurre. No necesitamos tanta presión.»
¿Te sientes identificada?
Pasar del juicio («estoy mal hecha») a la curiosidad («¿por qué me protejo así?») es el acto de amor propio más grande que puedes hacer. Pero hacerlo sola es difícil cuando llevas años con el piloto automático puesto.
En mi consulta de psicología en Logroño (y también en mis sesiones online), trabajamos precisamente esto: reestructurar tu identidad para que dejes de ser tu juez más severo y empieces a ser tu mejor aliada.
Si sientes que la autoexigencia te está robando la vida, estoy aquí para acompañarte a soltar lastre.
El perfeccionismo en sí mismo no es «malo», pero puede volverse desadaptativo. Si el deseo de hacerlo bien te motiva, es sano. Pero si el miedo a fallar te paraliza, te genera ansiedad constante o te impide descansar, entonces ha dejado de ser una virtud para convertirse en un mecanismo de defensa que te está haciendo daño. En terapia no buscamos que hagas las cosas mal, sino que tu autoestima no dependa exclusivamente de que todo salga perfecto.
A veces la exigencia no viene de lo que nos dijeron («tienes que sacar un 10»), sino de lo que interpretamos. Quizás sentiste que para ser vista necesitabas destacar. La mirada sistémica nos ayuda a encontrar ese origen para desactivar la alerta en el presente.
Más que «dejar de ser», el objetivo es «dejar de sufrir por ello». La indecisión suele ser cautela mal gestionada. En mi consulta en Logroño trabajamos para que aprendas a confiar en tu criterio. No se trata de eliminar la duda (que es humana), sino de que la duda no tome las decisiones por ti ni te bloquee durante días.
En terapia hacemos un trabajo de «reparentalización». Es decir, aprendes a hablarte a ti misma como te gustaría que te hubieran hablado. Identificamos esa voz crítica, entendemos de qué te protege (miedo, rechazo, fallo) y construimos una voz interior más amable y adulta que pueda sostenerte cuando las cosas no salen perfectas.